• COVID-19

    Debido a la situación planteada por la pandemia y las necesidades crecientes de las personas usuarias a las que atendemos en la Misión, hemos incrementado en ambos centros la cantidad de alimentos que se están entregando. Concretamente, en la actualidad, estamos atendiendo semanalmente a 150 familias en el centro de la calle Calvario y a 100 en el de San Blas. Read More
  • CAMPAÑA SOLIDARIA PROYECTO: Ni un bebé sin leche.

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  • Carta de Oración

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  • Buenas Noticias TV

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  • Guía de Servicios del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social

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La mejor salsa del mundo, explicaba Teresa Panza a su marido Sancho[i], es el hambre, y como esa no falta a los pobres, siempre comen con gusto. De siempre se ha reconocido a la ironía y al humor como signos de inteligencia. Cervantes, aunque sobrado de ella, elegantemente la expresaba por boca de personajes de apariencia simplona como Sancho Panza y su mujer.

Con ironía subraya, algo tan obvio como, que el hambre abre el apetito. Y con humor, que el hambre es algo que no falta en la casa del pobre. Aunque en esa casa sí que falten todas las demás cosas.

Recuerdo, en otros tiempos, haber oído aquello de “estar ayunos de…” Ayunar a la fuerza y no por vocación piadosa. Era una formula un tanto cursi que abría el abanico de las cosas que escaseaban, o que faltaban, en la casa del pobre además de la comida.

Aunque estos tiempos se han vuelto de escasez para gran parte de la población, ya vivimos antes otros de grandes carencias. Recordemos cuando los sastres daban la vuelta a los abrigos, y a la siguiente oportunidad los convertían en chaquetas. Todavía se puede ver en algún taller de costura a un maniquí con una mitad de la prenda vieja y deteriorada y la otra mitad ya una vez reformada. Ayunos de ropa, los niños usábamos los jerséis con tres largos de manga, un año cubría hasta la mitad de la mano, otro nos estaba bien, y al siguiente nos estaba justito (que se decía, y eso significaba que se quedaba tres o cuatro dedos por encima de la muñeca).

El hambre no falta a los pobres. Nuestro personaje, seguramente,  diría que les falta todo lo demás. Que están ayunos de casi todo lo que dignifica al ser humano. De oportunidades y de medios.

A veces oímos a personajillos decir en la televisión que para ellos el dinero no es importante… Que con tener sus necesidades cubiertas… Y habría que saber a qué llaman “necesidades”. Y, para cuánta gente sólo serían absolutamente superfluas. Medio mundo cierra sus ojos a la necesidad ajena, mientras llama necesario a lo superfluo. Pero, es que alguien dudaba que el hambre es la mejor salsa del mundo, y ¡perdón por la ironía! Si es que, ¡es la chispa de la vida! Cuando el hambre de otros es la riqueza presente de algunos (las desigualdades y el injusto reparto de la riqueza de nuestro mundo). Otra vez ha aumentado el número de los millonarios y, además, son más ricos que antes. Pasa en todas las crisis.

El momento de Covid-19 ha supuesto un antes y un después en MISIÓN URBANA. La imposibilidad de la presencialidad nos ha impuesto límites infranqueables. No han sido posibles los Campamentos, ni el de niños, ni el de mujeres. Actividades formativas grupales totalmente bloqueadas. El programa de Búsqueda Activa de Empleo, presencial, también está en dificultades para reiniciarse.  En las actuales circunstancias sólo podemos llegar al Reparto de Alimentos, siendo conscientes de que  todo lo demás no lo podemos atender. Los recursos de las Administraciones Públicas están bajo mínimos, tenemos menos alimentos cuando más falta hace. Pequeñas subvenciones para medidas de acompañamiento han sido suprimidas por la Administración. Otras para integración social, sí siguen, pero en cantidades irrisorias, que no alcanzan ni a cubrir la electricidad y el teléfono. Llegado Septiembre no hemos podido poner en marcha ayudas para Libros de Texto ni para Pobreza Energética, por escasez de recursos económicos.

El pueblo evangélico está viviendo la misma crisis que el resto de nuestro mundo, con ERE’S y con ERTE’S; con ceses de actividad en los autónomos o con pérdida de ingresos. Gracias al Señor, y a la ayuda de muchos hermanos e iglesias, estamos trabajando en lo más acuciante, el reparto de alimentos. No disponemos de tantos como son necesarios, pero estamos seguros que con su ayuda podremos mitigar el sufrimiento de muchas familias. Y en esas estamos, en servir al Señor y a nuestros semejantes con inteligencia. Aquello con lo que el Señor nos distinguió del resto de su creación.

Despertar nuestras conciencias con ironía o con humor, si es preciso, puede estar bien; pero sobre todo con inteligencia. Y ya sabemos cómo nos lo recuerda Proverbios 3:13: Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; (RV.60).

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[i] Don Quijote de la Mancha, M. de Cervantes (Segunda parte, capítulo V). Traducción al castellano actual de Andrés Trapiello. Ed. Destino. Febr. 2015.

 

 

 

 

 

 

Me despabilé de una cabezadita con la pegadiza musiquilla de esa canción que cantaban hace algún tiempo Alaska y su grupo, la que dice en el estribillo: A quién le importa lo que yo haga; a quién le importa lo que yo diga…

La canción reivindica el derecho a la propia diferencia, a mí diversidad, a ser distinto, sin que nadie tenga el derecho a cambiarme, “nunca cambiare”, ni a hacerme volver al redil. Pero, no era el fondo de la canción lo que centraba mi  atención sino, tan solo, cuatro palabras. A quién le importa.

A quién le importa lo que a mí me pase. Dicho así puede parecer egoísta. A mí me importa, me importa mucho, y no veo que a la gente le importe lo que a mí me importa. O a determinada gente, esos que se lo guisan y, por supuesto, se lo comen todo ellos solitos. El Señor Jesucristo usó con los fariseos una frase tan gráfica como cruel: “”los que devoráis las casas de las viudas””. Y aun así no quisieron entender. Cerraron sus corazones.

Hace cinco meses los telediarios se llenaron de “las colas del hambre de Aluche”. Y fue una campaña muy buena y eficaz porque las colas del hambre ya han desaparecido. Sí, han desaparecido de los informativos. Y eso es casi tanto como no haberlas ya. Pero haberlas, haylas. Claro que haylas.

Hace unas semanas nos hablaban de los ERTE sin cobrar. Y parece que esto también se haya arreglado, porque se está dejando de hablar de ello. Ahora toca hablar de los colegios que se cierran por la mala gestión de las autoridades, la falta de previsión en la contratación de maestros, la falta de medios electrónicos para que los niños estudien on-line, etc. Tranquilos, que en un par de semanas también esto se habrá arreglado. Porque estará olvidado.

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Aunque ”El amor en los tiempos del cólera” sea el título de una novela romántica del Premio Nobel García Márquez, sirve bien -como titular- para ilustrarnos el momento presente. Tiempos de cólera en lo pandémico, de cólera en lo social, de cólera en lo económico pero sobre todo en lo anímico (trascendiendo a todo nuestro esquema emocional) con consecuencias en nuestra manera de entender y vivir la vida.

Cuántas expresiones de no entender se oyen cada día. De no entender lo que está pasando, ni lo que estamos haciendo, ni mucho menos cómo lo estamos haciendo. Un antiguo voluntario de Misión Urbana me decía la semana pasada: “Dios ya no contesta a mis oraciones. No entiendo por qué permite todo este dolor, ¡cómo a tanta gente inocente! Cómo puedo hablar yo y decir que Dios ama a las personas”.

Nuestro veterano amigo, y fiel creyente (hoy ya tiene más de ochenta años), que se dejó muchísimos días de su vida sirviendo al Señor en Misión Urbana, no expresa nada muy distinto de lo que sintamos o pensemos cualquiera de nosotros. Porque no tenemos mejores respuestas que él, para un mundo en crisis. Y la respuesta fácil, no sólo que no existe sino que, si la intentamos, no tiene más efecto que incendiar aún más a nuestro interlocutor. Por tanto, haremos bien en huir de ella y reconocer que nos hemos quedado sin palabras.

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 Diga 33 - Home | Facebook

Treinta y tres son los días que van del 22 de junio al 25 de julio.

El 22 de junio, acabado el estado de alarma, decayó con él el confinamiento que impedía la libre circulación por todos los territorios.

El 25 de julio, la TUI, agencia de vacaciones británica, cancelaba sus reservas y viajes a España,  como consecuencia de la orden del gobierno de Boris Johnson (precisamente de él, manda narices) de imponer cuarentena a todas las personas que lleguen al Reino Unido desde España. Un par de días antes, el primer ministro francés había recomendado vivamente no viajar a Cataluña. Y algunos de nuestros amigos frugales europeos también hacen recomendaciones semejantes con especial mención a Lérida y Zaragoza.

La ansiada recuperación económica española ya venía muy debilitada por el comprensible miedo de muchas personas, los mayores principalmente, a salir a la calle, a ir a los bares, a sentarse en las terrazas, a ir a hoteles, a reservar vacaciones, a meterse en las grandes superficies, a comprar ropa o calzado, a hacer reformas en el interior de sus casas, a cambiar los muebles, a cambiar de coche, en definitiva a volver a cambiar otra vez sus vidas.

Es posible que ese sentimiento de una población envejecida española no sea muy distinto del de la europea. De momento en las playas, sede de nuestra industria básica, se ven pocos extranjeros y menos aun mayores. Y los propios nacionales también están tardando en llegar, con la consiguiente desesperación de comerciantes y hosteleros.

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