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Me despabilé de una cabezadita con la pegadiza musiquilla de esa canción que cantaban hace algún tiempo Alaska y su grupo, la que dice en el estribillo: A quién le importa lo que yo haga; a quién le importa lo que yo diga…

La canción reivindica el derecho a la propia diferencia, a mí diversidad, a ser distinto, sin que nadie tenga el derecho a cambiarme, “nunca cambiare”, ni a hacerme volver al redil. Pero, no era el fondo de la canción lo que centraba mi  atención sino, tan solo, cuatro palabras. A quién le importa.

A quién le importa lo que a mí me pase. Dicho así puede parecer egoísta. A mí me importa, me importa mucho, y no veo que a la gente le importe lo que a mí me importa. O a determinada gente, esos que se lo guisan y, por supuesto, se lo comen todo ellos solitos. El Señor Jesucristo usó con los fariseos una frase tan gráfica como cruel: “”los que devoráis las casas de las viudas””. Y aun así no quisieron entender. Cerraron sus corazones.

Hace cinco meses los telediarios se llenaron de “las colas del hambre de Aluche”. Y fue una campaña muy buena y eficaz porque las colas del hambre ya han desaparecido. Sí, han desaparecido de los informativos. Y eso es casi tanto como no haberlas ya. Pero haberlas, haylas. Claro que haylas.

Hace unas semanas nos hablaban de los ERTE sin cobrar. Y parece que esto también se haya arreglado, porque se está dejando de hablar de ello. Ahora toca hablar de los colegios que se cierran por la mala gestión de las autoridades, la falta de previsión en la contratación de maestros, la falta de medios electrónicos para que los niños estudien on-line, etc. Tranquilos, que en un par de semanas también esto se habrá arreglado. Porque estará olvidado.

De la Sanidad y las residencias de ancianos… pio, pio que yo no he sido. De la necesidad de poder ir recuperando los puestos de trabajo perdidos, o las pequeñas empresas cerradas… se tiran la piedra y ni siquiera esconden la mano.

La respuesta a quién le importa, no puede ser cerrar el corazón. Dios no lo cerró. Ro. 8:32 nos recuerda a un Dios que no escatimó ni a su propio Hijo. El mismo Hijo que nos enseñó: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Jn. 13:34-35).¡Vaya, nuestra tarjeta de identidad personal!

A nosotros no nos toca juzgar a nadie. El Señor sí nos juzga, el evangelio es claro es ese sentido. En Misión Urbana las cosas no dejan de pasar ni de existir porque no sean noticia. Estamos acostumbrados a no ser noticia. Pero queremos seguir estando presentes en las vidas de todos aquellos que nos necesitan para que conozcan que somos discípulos suyos, y para eso también necesitamos que nos acompañes. Muchas gracias por las oraciones, por los voluntarios y por vuestras aportaciones.

 

 

Aunque ”El amor en los tiempos del cólera” sea el título de una novela romántica del Premio Nobel García Márquez, sirve bien -como titular- para ilustrarnos el momento presente. Tiempos de cólera en lo pandémico, de cólera en lo social, de cólera en lo económico pero sobre todo en lo anímico (trascendiendo a todo nuestro esquema emocional) con consecuencias en nuestra manera de entender y vivir la vida.

Cuántas expresiones de no entender se oyen cada día. De no entender lo que está pasando, ni lo que estamos haciendo, ni mucho menos cómo lo estamos haciendo. Un antiguo voluntario de Misión Urbana me decía la semana pasada: “Dios ya no contesta a mis oraciones. No entiendo por qué permite todo este dolor, ¡cómo a tanta gente inocente! Cómo puedo hablar yo y decir que Dios ama a las personas”.

Nuestro veterano amigo, y fiel creyente (hoy ya tiene más de ochenta años), que se dejó muchísimos días de su vida sirviendo al Señor en Misión Urbana, no expresa nada muy distinto de lo que sintamos o pensemos cualquiera de nosotros. Porque no tenemos mejores respuestas que él, para un mundo en crisis. Y la respuesta fácil, no sólo que no existe sino que, si la intentamos, no tiene más efecto que incendiar aún más a nuestro interlocutor. Por tanto, haremos bien en huir de ella y reconocer que nos hemos quedado sin palabras.

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 Diga 33 - Home | Facebook

Treinta y tres son los días que van del 22 de junio al 25 de julio.

El 22 de junio, acabado el estado de alarma, decayó con él el confinamiento que impedía la libre circulación por todos los territorios.

El 25 de julio, la TUI, agencia de vacaciones británica, cancelaba sus reservas y viajes a España,  como consecuencia de la orden del gobierno de Boris Johnson (precisamente de él, manda narices) de imponer cuarentena a todas las personas que lleguen al Reino Unido desde España. Un par de días antes, el primer ministro francés había recomendado vivamente no viajar a Cataluña. Y algunos de nuestros amigos frugales europeos también hacen recomendaciones semejantes con especial mención a Lérida y Zaragoza.

La ansiada recuperación económica española ya venía muy debilitada por el comprensible miedo de muchas personas, los mayores principalmente, a salir a la calle, a ir a los bares, a sentarse en las terrazas, a ir a hoteles, a reservar vacaciones, a meterse en las grandes superficies, a comprar ropa o calzado, a hacer reformas en el interior de sus casas, a cambiar los muebles, a cambiar de coche, en definitiva a volver a cambiar otra vez sus vidas.

Es posible que ese sentimiento de una población envejecida española no sea muy distinto del de la europea. De momento en las playas, sede de nuestra industria básica, se ven pocos extranjeros y menos aun mayores. Y los propios nacionales también están tardando en llegar, con la consiguiente desesperación de comerciantes y hosteleros.

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 LAS COLAS DEL HAMBRE EN ALUCHE

 

  

Hace unas semanas la televisión nos mostró el comienzo de la nueva realidad en la que se va a asentar nuestra sociedad tras el paso del Covid-19. O, mejor dicho, nos hizo visibilizar que tras la llamada desescalada viene la necesidad y el hambre.

Veníamos de unos años de cierto despegue económico, más aparente que real. Lleno de terrazas y restaurantes; de viajes de fin de semana a Canarias, a Londres, a Berlín, a Nueva York, incluso a Japón o el sudeste asiático de la mano de Ryanair, de ofertas low-cost; de compras on-line de ropa, complementos y tecnología; de gimnasios y depilaciones laser. Aprovechando salarios mileuristas (denostados hace tan solo doce años), pisos compartidos, jornadas laborales más largas, turnos cambiantes en el trabajo y, bueno…, esas cosas que, sin saber cómo, nos llegaron a hacer sentir aceptablemente bien. Nos adaptamos a la nueva situación creada tras la crisis del 2008, con una gran auto-elasticidad. Nos achicamos tanto como fue imprescindible.

Y, como que eso del hambre, no… No parecía que estuviese ahí.

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